La primavera de las golondrinas

Sobre el asfalto parecían haber desaparecido para siempre las huellas del crudo invierno, la ciudad comenzaba a despertar de su frío letargo con los ya más que incipientes rayos de sol que bañaban su rostro de hormigón coloreando sus mejillas, y que la dotaban de un aspecto desenfadado y juvenil.
Los gruesos abrigos de piel que poblaban las calles hace no tanto tiempo, yacían colgando en el interior de los armarios aguardando pacientemente a que las bajas temperaturas volvieran a reclamar su presencia, y lejos de la ciudad, en las montañas, los osos se desperezaban ya fuera de sus oseras, preparándose para cazar y comenzar un año más su día a día; aún así, nunca podía uno confiarse en exceso, pues es bien sabido que el invierno es como una fiera herida, incluso agonizante, es capaz soltar un zarpazo mortal.
Al caer la tarde, minutos antes de que los últimos rayos del sol primaveral se escondieran tras el horizonte, Miguel paseaba con cierto nerviosismo por la calle. Sobre sus zapatos negros vestía, con sutil elegancia, unos vaqueros nuevos que había querido estrenar esa tarde, combinados con su camisa color burdeos de las grandes ocasiones que cubría con una americana negra, la cual había tomado prestada a su padre. Todo ello aderezado con unas cuantas gotas de perfume caro, de esos que se anuncian en la tele, en blanco y negro y con algún guapo modelo luciendo el torso sin camiseta. Iba observando el mundo a través de sus gafas de sol graduadas, con mirada concentrada, pensando en técnicas de relajación oriental, tratando de no dejarse apoderar por los nervios y la tensión que corrían por dentro, y aunque sus técnicas nunca le habían funcionado, él seguía confiando en ellas, pues su madre le enseñó desde pequeño que había que ser constante en la vida y no dejarse vencer ante las adversidades. Pese a no tener ninguna prisa, caminaba con aire apresurado, pisando con firmeza sobre los pequeños ladrillos que adornaban la acera formando unos dibujos circulares y lagartijas. Mientras, los conspicuos balcones vigilaban sus pasos a cada lado de la avenida, camuflados en las alturas entre coloridos geranios que, cual ave fénix, resucitaban cada primavera de sus propias cenizas para volver a brotar las flores en sus tallos moribundos; y verdes plantas germinadas en macetas de barro asomando sus curiosas hojas entre los huecos que forman los barrotes de la baranda.
Imagen de un gran ramo de rosas rojas de tallo largo
En sus manos sujetaba un gran ramo de rosas rojas que acababa de comprar en una floristería cercana, en su interior, una bonita tarjeta de felicitación con una dedicatoria especial. Hoy hacía un año que Miguel y Laura se conocieron una noche en aquel local de copas que ambos frecuentaban. Él, ese chico tímido de mirada esquiva, apoyado siempre espaldas a la pared, hierático, sujetando una gran jarra de cerveza que puntualmente rotaba entre sus amigos, igualmente tímidos, hieráticos y de miradas esquivas, incapaces de establecer contacto, y mucho menos relacionarse, con cualquier persona del sexo contrario, por tanto, incapaces de detectar cualquier posible guiño que una chica pudiera realizarles; ella, chica vergonzosa y tres años menor que él, se dedicaba gran parte de las noches del fin de semana a espiar los movimientos del chico que le gustaba (y a decir verdad no eran muchos), analizando cada gesto, pero sin atreverse nunca a dar un paso hacia delante por temor al vacío de ser rechazada, además, ni siquiera estaba segura de que a aquel extraño chico le gustasen realmente las mujeres, excusa que utilizaba de forma recurrente ante sus amigas para no enfrentarse a su inseguridad adolescente. Un cierto sábado por la noche, en el mismo local de siempre, se produjo la catarsis, sus amigas, hartas de su indecisión y excusas vagas, consiguieron doblegar la tenaz resistencia de Laura para llevarla, prácticamente a rastras, hasta el lugar donde el chico, rodeado de amigos, sujetaba su jarra de cerveza y miraba al suelo como con cierta devoción, «hola, que a mi amiga le gustas», tales palabras resonaron en la cabeza de Miguel y fueron bajando como un rayo por todo su cuerpo, atravesándolo de parte a parte en forma de una ardiente descarga eléctrica. El corazón comenzó a latirle más y más deprisa, en sus mejillas notaba el rubor de la vergüenza. Tras no pocos esfuerzos, consiguieron que el chico, superado por tan insólita situación, levantase la mirada y articulara dos palabras seguidas. Entonces las amigas agarraron a Laura, ésta se había quedado detrás de ellas, agazapada cual liebre asustada, ruborizada, deseando ser tragada por la tierra para desaparecer y no morir de vergüenza, y la pusieron frente a frente con Miguel, ya no había vuelta atrás. Cuando se la presentaron, él la miró sin mirar, pues le costaba mucho mantener la mirada ante una chica, se acercó, algo atolondrado, para darle dos besos, agachando de nuevo la mirada y respondiendo a la gran pregunta que le habían hecho «¿quieres salir con ella?», asintió con la cabeza, exhalando un sí con voz entrecortada y ciento sesenta pulsaciones. Ella se emocionó, y tras unos instantes de incertidumbre, de incómodos silencios, de nudo en la garganta, de sudor frío que atraviesa la médula inoculando un extraño veneno paralizante, quedaron para la semana siguiente en el mismo lugar. Laura, todavía con las mejillas ruborizadas por la vergüenza, se volvió, con risa nerviosa, dando saltos de alegría hacia el lugar en el que se encontraban sus amigas, dándoles un gran abrazo, estrechándolas con fuerza para mostrar su agradecimiento y felicidad. Él levantó la jarra de cerveza con las manos aún temblorosas por culpa de los nervios, aunque con cierto aíre de satisfacción por lo vivido, con el fin de intentar ignorar que era el centro de las miradas de todos sus amigos, que de nuevo lo rodeaban y quienes también rozaban las ciento sesenta pulsaciones por minuto, pues, de alguna manera, ellos sentían también que habían interactuado con las chicas, pese a que no les dirigieron ninguna palabra y apenas se atrevieron a mirarlas mucho, pero eran chicas y habían estado al lado de ellos. Ella era, con diferencia, la más guapa del grupo; él, en cambio, era igual de raro que todos sus amigos; de fondo, en el bar, Los Planetas cantaban al desencanto amoroso desde su recién publicada Segundo premio.
La tarde estaba cayendo cuando finalmente Miguel llegó al portal de Laura en Cardenal Benlloch, el corazón le latía incluso más fuerte que aquel primer día, las manos le sudaban y ya no producía saliva, era su primer aniversario de novios y quería hacerle un regalo especial, pensó en flores, se supone que eso siempre es algo que debe gustar a las chicas. Levantó el brazo dispuesto a todo, su dedo se colocó sobre el 2ºD, mientras sus ojos, cubiertos por las gafas de sol, leían los apellidos de los padres, A. Palma, I. Cano. Se quedó quieto, inmóvil, con el brazo en alto, sentía como si toda la gente de alrededor se hubiese detenido a observarlo, que los coches y los autobuses se habían convertido en espectadores de excepción, que las golondrinas que habitaban bajo su balcón, recién llegadas de su exilio invernal, habían aparcado su incesante ir y venir en busca de alimento para sus crías, y que las mismas habían dejado de reclamar sonoramente su comida, asomando ahora sus pequeñas cabecitas por el hueco del nido para no perder detalle. Armado de valor, pulsó el timbre donde Laura vivía, cuando escuchó su voz el corazón le dio un vuelco, no sabía como responder, pero tras algún leve tartamudeo consiguió pronunciar su nombre; ella le abrió el portal y quedó esperando a que subiera presa de los nervios, no podía creer que de verdad hubiera sido capaz de acordarse de su aniversario, pues qué otra razón podía haber, y eso la hacía increíblemente feliz, a sus dieciséis años se sentía como si fuese una adolescente de catorce. Al cabo de un rato, viendo que Miguel no aparecía, fue ella quien bajó los escalones casi de un salto, pensando que su cándida timidez le habría impedido subir las escaleras y que él estaría bajo esperándola con un gran regalo, que cuando la viera se lo entregaría, le diría te quiero mucho, y le daría un gran beso de enamorado. Sin embargo, cuando llegó al rellano lo encontró solitario, allí no había nadie esperándola, tan solo había un gran ramo de rosas atado con un lazo azul tirado en el suelo, y una tarjeta de felicitación caída a su lado, pero ni rastro de él, ni mucho menos del gran beso que ella esperaba. Un tanto contrariada se agachó a coger el ramo de flores junto con la tarjeta del suelo, observó durante unos segundos el ramo, compuesto por veinticuatro rosas rojas de tallo largo perfectamente distribuidas, y se dejo embriagar por el aroma de las flores, el hecho que su novio fuese un poco tonto, no le impediría disfrutar de la inefable belleza de un ramo de rosas. A continuación abrió la tarjeta y la leyó “Para la chica más guapa y mas maravillosa que he conocido nunca, eres lo mejor que me ha pasado, te quiero mucho, Miguel.”, cierto es que no era lo más original del mundo, pero al menos le servía para pensar que, quizás, no todo estuviese perdido, y regresó rauda a casa para dar de beber a las rosas y enseñarle emocionada la tarjeta a su madre, quien la miraba con cierta sonrisa cómplice desde la perspectiva que dan los años, mientras evocaba a su vez el recuerdo de una adolescencia no demasiado lejana.
Dos golondrinas mirándose una a la otra como si estuviesen enamoradas
Armado de valor pulsó el timbre de la casa donde vivía Laura, cuando escuchó su voz, sintió ese escalofrío de la contrición, ella le abrió el portal y él entró, dispuesto a luchar contra todos los fantasmas que fuesen necesarios, subió al rellano y una vez allí miró desafiante la escalera que debía conducirle a su destino final en el segundo piso, la miró, la volvió a mirar, inerte, paralizado por el miedo y la vergüenza. De repente, oyó como unos pasos se acercaban a la escalera y, como un resorte que sueltas tras haber alcanzado su máxima tensión, salió disparado hacia la calle soltando el ramo en mitad del rellano, y se marchó corriendo sin rumbo, presa del pánico, por una de las largas aceras que escoltaban al asfalto en su larga avenida. A su lado, a igual velocidad, corrían la filosofía oriental y los consejos de su madre sobre persistencia y perseverancia ante las adversidades. Mientras tanto, las atareadas golondrinas habían vuelto a sus obligaciones familiares y volaban incesantes en un viaje de ida y vuelta para alimentar a sus crías, que habían vuelto a esconder sus cabecitas en el nido un tanto decepcionadas; las coloridas flores de los sempiternos geranios que poblaban la mayoría de los balcones que asomaban vigilantes por la avenida, avergonzadas, deseaban que llegara de nuevo el invierno para borrar lo que habían visto esa tarde; por otro lado, los autobuses circulaban de nuevo sobre las ya casi desaparecidas huellas de un crudo invierno. La tarde estaba cayendo, los últimos rayos de sol aún se vislumbraban sobre el horizonte dotando a la ciudad de esa luz crepuscular tan característica que antecede a la noche, cuando finalmente Miguel llegó al portal, el corazón le latía fuerte, quizás casi tanto como aquel primer día hace ya más de diez años, las manos le sudaban y ya no producía saliva, hoy era su primer aniversario de casados y quería hacerle un regalo especial, y sabía muy bien que, a Laura, las flores le fascinaban.
Aquellas pequeñas golondrinas de antaño habían crecido y ahora eran ellas quienes tenían descendencia.

FIN

Este cuento fue lo primero que escribí, lo tenía por ahí guardado, así que le he limpiado el polvo, y lo he aseado un poquito limándole algunas impurezas para que esté más presentable, en el siguiente enlace podrás encontrar la versión en PDF para descargar. Y si quieres leer algún otro relato visita esta entrada anterior El jugador de ajedrez.
También quería agradecer a Dragan Todorovic, autor de la foto de las golondrinas, que gentilmente comparte en Getty para uso público.

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